
Cierro una etapa: tras mucho pelear, al fin he conseguido licenciarme en Periodismo. No es que la carrera sea difícil, que no lo es, sino que mi deambular por redacciones, oficinas y gabinetes de los últimos años me ha llevado a pisar más bien poco el suelo de la que ya no es mi Facultad. Un nuevo mundo de luz y libertad se cierne sobre mí, so licenciao.
Al igual que cuando uno se saca el carné, aprueba Selectividad o aprende a caminar, lo que ahora toca es hacer valer el terreno ganado. Redacciones y corresponsalías de medio mundo se pelean por tener mi currículum, y las visitas a este blog no han parado de crecer desde que saltó la noticia de que ahora soy un verdadero periodista (sic).
“Uno no es periodista, y subráyese, hasta que pasa, al menos, diez años trabajando en el oficio. Porque ser periodista requiere de muchas cosas. Requiere de fuentes y eso lo da el tiempo y el trabajo y la calle. Requiere de esfuerzo”. Miguel González Quiles.
Y esa es la verdad. Desde que empezó a picarme el gusanillo plumilla, he pasado satisfactoriamente por radio, prensa escrita, y hasta por una web, a lo largo de tres ciudades distintas. Ahora formo parte del que posiblemente sea uno de los gabinetes de prensa más potentes de España, que consigue mantener su notoriedad y presencia constante en los medios con maestría: el de Facua.
Pero aunque parezca que fue hace una eternidad, empecé a practicar esta desdichada profesión hace algo más de dos años, no más. Y me falta experiencia. Que me corrijan. Que me den las tantas encajando un titular. Tener un número al que llamar. Me falta calle.
Siempre he envidiado a compañeros como Christopher Rivas, que lo tuvo claro desde un principio y compaginó las prácticas con la carrera desde el primer curso. Yo no, yo tuve que toparme en julio de 2009 con esas grandes personas que corren a toda velocidad por los pasillos del Pabellón de Andalucía, camino del estudio, para saber que lo mío era esto. O eso creía hasta ahora.

Resulta paradójico que, desde que me tomé en serio lo de ser periodista, cada dos por tres cierran un diario, una radio o una cadena de televisión. Y que cada año, una nueva hornada de licenciados salga de la Facultad en busca del clavo que menos queme, porque todos arden. Cada vez somos más, y cada vez nos quieren menos.
Ante este nuevo contexto, sólo cabe ganar. Puedo optar por sobrevivir, concatenando oportunidades de un sitio a otro, hasta que encuentre el acomodo necesario para olvidarme de lo que elegí hacer. Puedo volver al andamio, a vender impresoras o hamburguesas, si así fuera necesario. O puedo escoger la perseverancia, que no es otra que la madre del fracaso tardío.
Y sin embargo, me quedo con el fracaso. Se avecinan tiempos oscuros: puede que vuelva a hacer prácticas, a trabajar sólo por poder firmar o incluso una vuelta al estudio en forma de cursillos de la CEA. Pero es la única forma de perseverar que parece que nos queda a los periodistas.