Recordadme sonriendo
Esta mañana me ha preguntado una de mis mentoras durante mis prácticas en Canal Sur Radio que cómo estoy. Y me ha salido decirle que muy bien. El Gobierno quiere robar a las hormiguitas, recortar en transplantes y yo, probablemente, me quede sin beca, pero aquí seguimos.
Cada noche duermo con la persona que más admiro en este mundo, gano suficiente para poder comer macarrones con atún y tomate menos de tres días a la semana, y mi familia me permite el lujo de cursar un máster que incluso me deja alguna hora libre para mirar una pantalla sin más pretensiones que ésa.
Hay gente que está muy jodida. No me refiero a esas pobres almas que, cada mañana, cuentan su caso en el maldito Diario de la crisis de la Ser y, sin quererlo, fomentan la cultura del no me puedo quejar, podría estar peor. Hablo de esas personas que han encontrado en el contexto social la excusa perfecta para renunciar a lo que tienen. Pero también hay luchadores.
Tengo mis reglas psicológicas, pero en contra de lo que decía Edith Piaf, los hombres también tenemos derecho a llorar. Es la forma que tenemos los felices de decir que no nos gusta estar tristes. Pero, por ahora, puedo decir que se me da bien vivir. No es que tenga mucha intención de morirme, pero si tienen que atropellarme al cruzar la calle, ahora sería un buen momento.













