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Este fin de semana he podido disfrutar de México mientras sus nativos lo sufrían como nunca antes. Estar en aislamiento informativo ha supuesto para mí la posibilidad de disfrutar sin interferencias de un país maravilloso. Hasta que la vuelta a la realidad te pone los pies en el suelo.

El viernes, el procurador general de la República de México anunció en rueda de prensa que los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos eran, en realidad, asesinados. Lo que a todas luces se sabía ya, quedaba de una vez confirmado. Un día antes, me encontraba paseando por el bosque de Chapultepec, camino de una insulsa conferencia de la fotógrafa Sophie Calle y ajeno a lo que se avecinaba. Allí pude disfrutar, entre otras cosas, de los danzantes del rito de los voladores, declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Bosque de Chapultepec

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Al día siguiente pude descubrir la sensación de vivir en una casa de campo en Querétaro, alejado del bullicio del DF y de toda civilización. Ahora sé lo que se siente al paladear una auténtica barbacoa de borrego y su consomé, tan diferente de lo que en España consideramos barbacoa (y el atole, y el tamal, y el nopal en penca), y que aquí llaman asado (que también probé; gracias por todo, Teresa).

Querétaro

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La Peña de Bernal y sus cuestas, Tequisquiapan y su magia -con un tour que nos hizo sentir más turistas de la cuenta-, Villa Progreso y su templo del siglo VII, el Estado de Hidalgo y su géiser. Una visita exprés que nos sirvió como toma de contacto con una realidad que va más allá de la capital blindada de la nación. Y mientras tanto, los capitalinos recordándole a sus responsables políticos que hay otro México allá fuera mucho más cruel que el que yo he vivido. Bendito país, maldita su violencia.