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El hombre hipertextual (parafraseando a Galiana)

Una opinión en exceso subjetiva me definía tal cual sigue: “Nario es ante todo, persona. Por mucho que reniegue del arte, trabaja en distintos campos de éste”. Y con opiniones así, uno no tiene otra cosa que hacer que dedicarse a explorar y explotar todos esos campos, y declararse como ferviente seguidor del concepto abstracto de la subjetividad.

Una idea más concreta sería definirme como estudiante de Periodismo por vocación y tecnófilo por inercia. Tiendo a pasar tantas horas al día en el ordenador como cualquier aspirante a escritor, periodista, fotógrafo o músico se pasaría si tuviera el recurso perpetuo de una tirada infinita, una rotativa instantánea, una galería inmensa o una casa discográfica, de forma respecitiva. Como fiel ingenuo de la idea del progreso colectivo, utilizo licencia Creative Commons para todo el material que publico, ya sea en texto, en audio o en fotografía.

Soy aficionado a la fotografía por contagio sentimental, y apasionado a ella desde la adquisición, en junio del 2008, de una Nikon D40. Con ella, con sus 18-55 y 55-200 y con sus escasos conocimientos técnicos, disfruto poniendo caras a los rincones de la urbe que oso retratar. Considero mis SD como carretes digitales, por lo cual trabajo en RAW con UbuntuStudio, Gimp y UFRaw, aunque cuando no tengo más remedio utilizo también herramientas privativas o comerciales.

En cuanto a la música, mi actitud frente a ésta ha supuesto la merma de la creación con el consiguiente provecho como consumidor: me he reinventado como consumidor de cultura musical al erigirme como coleccionista de elepés de vinilo. Una labor a medio camino entre el goce físico y espiritual de lo intangible y la disciplina cuasi religiosa del bibliotecario. No descarto seguir componiendo en un futuro próximo; lo que sucede es que, si yo fuese un floyd, sería Roger Waters, y aún no he dado ni con mi Barrett ni con mi Gilmour.

Además de tantas y tantas cosas de dudoso provecho, me considero también un diógenes digital. Desde que, de pequeño, descubriese el placer que uno encuentra en desmontar y montar las radios averiadas, no hago otra cosa que acumular tantos productos tecnológicos que terminarán por acabar con mi espacio vital. En Guiyu (curiosa la analogía previa e involuntaria del nombre), la ciudad china donde va a parar el grueso de los desechos tecnológicos mundiales, salvo por el cáncer, yo sería feliz. Como me pilla lejos, me conformo con cosas como un Macintosh Centris 650 o un Toshiba 3100, así como con un tocadiscos japonés de marca desconocida. Por supuesto, como dije en cierta ocasión, se aceptan donativos.

Escribo, y mucho, por aquí. También publico en Retablos, una plataforma de promoción de fotógrafos surgida de un grupo de alumnos de la Facultad de Comunicación de Sevilla. Tengo previsto también rescatar una idea surgida hace tiempo: un blog colectivo de crónicas y fotografías de conciertos. Los horizontes de las praderas cibernéticas no son infinitos, son incontables. Y me encanta.

Publicado originalmente como solapa para este blog.

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02 2009