No one told you when to run (Pink Floyd)
No escatima uno en tiempo a la hora de perderlo en horas de estudio, y para muestra, valga este artículo. La cuestión es que, como el actual Gobierno de la nación, evito pensar en un determinado espacio de tiempo para hacerme a la idea de que vendrán tiempos mejores, y que lo que para unos es el 2009, para mí es el presente período de exámenes.
Dicen que la crisis propicia las oportunidades, y parece que hoy yo esté lleno de ellas. Como si en un foso de arenas movedizas me encontrase, cargan para ahondar en la oscuridad del desencanto de una carrera que tan sólo deja de gustarme en determinadas fechas. No prescindo de autocrítica, sino que, como el mismísimo Gobierno, elido vociferarla (y J’Accuse…!: es el sistema académico, es la Generación X, es la decadencia de Nietzsche).
Pero la verdad es que es todo y nada de eso. La llegada, por fin, del día 13 de febrero supondrá la acogida ostentosa de montañas de libros entre mis manos, sucesivos visionados de películas en blanco y negro, consecuciones de merecidos viajes pospuestos y las horas muertas catalogando vinilos; todo, todo todo, sin el particular sentimiento de culpa que ahora me abruma, y que como la fotografía de guerra o el dolor físico, se hace tan necesario.
Por desgracia, mi imaginación es el analgésico más fuerte que atenta contra mis sentidos, y en lugar de estar estudiando, me dedico a proyectar en mi mente cómo quedará maquetada tal o cual canción a medias, dónde habré de buscar los concursos de fotografía en los que presentarme, cuántos relatos cortos habré de escribir para ser como Capote, pero sin su cojera, o qué habré hecho yo para ser como soy, y que encuentre placer tan grande en recuperar equipos viejos y adaptarlos a la actualidad.
A veces me acecha la vena sedentaria, y la analgesia me sugiere ideas: un pub con música en directo, una tienda de discos de segunda mano, quizá montar un club de reliquias informáticas o una pequeña sala de proyección de clásicos de cine. De entre tanta profesión de muerto de hambre, gana siempre la de bibliotecario: olor a viejo, acceso pleno a la cultura, sueldo y puestos fijos.
Me encanta el tira y afloja por el cual se rige la incertidumbre que tengo por timón de vida. Dejaré una huella aquí, chicos, no estoy dispuesto a marcharme sin hacerlo. Mientras tanto, clavaré mi hocico en la maldita celulosa entintada.












