Pájaro de aula, periodista de jaula
Publicado originalmente en En cordobés
Mi padre me lo contaba cuando era pequeño. “Mira ese pájaro, ¿lo ves? Acabo de soltarlo, y no hace otra cosa que volver a su jaula. Se ha acomodado a tener su comida y su agua en el casillero, y no quiere saber nada más”. Tras cinco años de clases, y con tres grupos diferentes detrás, puedo decir que hay quien, todavía, no logra diferenciarse en demasía de lo que podría llamarse un pájaro de aula.
El periodismo es una carrera académica hinchada en beneficio de unos pocos, y perjuicio de muchos. Tal y como sucedía en los ochenta con los artistas, cuando “los ayuntamientos socialistas pusieron de moda la inflación de los cachés“, en los dosmiles podemos decir con tranquilidad que han sido los docentes los que, escudados en la ausencia de capital personal de unos excelentes y honoríficos matriculados, se han inventado puestos para subsistir. Profesores que crean departamentos para sí mismos, y optativas de dudoso valor cognoscitivo. Pero lo que es, quizá, más reprobable, es que existan alumnos que se toman la carrera en serio.
En las aulas no se enseña que la gran mayoría de periodistas huele a alcohol y a tabaco, unos vicios propios de quien padece la depresión de saber de qué va el mundo. Desde las facultades se propugnan mensajes encorsetados e impregnados de un olor a libro caduco, ignoto de una realidad cambiante a la cual es imposible encasillar. Debido a ello, se suelen generar, en la praxis, situaciones tan dantescas como que sea el becario el único que pregunta en las ruedas de prensa, o que nativos digitales carezcan de tribuna alguna desde la cuál despotricar. O lo que es peor, aún: el florecer de bitácoras amparadas en la obligatoriedad de estar ahí sin quererlo realmente, esperando obtener del gesto un número, o las dos letras de los ambiciosos: MH. La matrícula que señala a uno el dudoso honor de saberse conocedor de todo lo que ellos quieren que sepas, pero muy poco de lo que deberías querer saber.












