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El otro México

Este fin de semana he podido disfrutar de México mientras sus nativos lo sufrían como nunca antes. Estar en aislamiento informativo ha supuesto para mí la posibilidad de disfrutar sin interferencias de un país maravilloso. Hasta que la vuelta a la realidad te pone los pies en el suelo.

El viernes, el procurador general de la República de México anunció en rueda de prensa que los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos eran, en realidad, asesinados. Lo que a todas luces se sabía ya, quedaba de una vez confirmado. Un día antes, me encontraba paseando por el bosque de Chapultepec, camino de una insulsa conferencia de la fotógrafa Sophie Calle y ajeno a lo que se avecinaba. Allí pude disfrutar, entre otras cosas, de los danzantes del rito de los voladores, declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Bosque de Chapultepec

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Al día siguiente pude descubrir la sensación de vivir en una casa de campo en Querétaro, alejado del bullicio del DF y de toda civilización. Ahora sé lo que se siente al paladear una auténtica barbacoa de borrego y su consomé, tan diferente de lo que en España consideramos barbacoa (y el atole, y el tamal, y el nopal en penca), y que aquí llaman asado (que también probé; gracias por todo, Teresa).

Querétaro

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La Peña de Bernal y sus cuestas, Tequisquiapan y su magia -con un tour que nos hizo sentir más turistas de la cuenta-, Villa Progreso y su templo del siglo VII, el Estado de Hidalgo y su géiser. Una visita exprés que nos sirvió como toma de contacto con una realidad que va más allá de la capital blindada de la nación. Y mientras tanto, los capitalinos recordándole a sus responsables políticos que hay otro México allá fuera mucho más cruel que el que yo he vivido. Bendito país, maldita su violencia.

México lindo y las maravillas del teletrabajo

Poco más de un mes después de haber llegado a México, el balance no puede ser más positivo. No todo iba a ser malo para los autónomos como yo: Seguridad Social, IRPF, IVA; que sí, pero la libertad que te otorga el ser tu propio jefe te permite ciertas licencias. Como por ejemplo, acompañar a tu pareja en una estancia académica internacional mientras sigues trabajando a distancia.

Desde el pasado mes de julio, ocupo el puesto de responsable de comunicación, edición web y social media de Plus Europe, una asociación europeísta radicada en Barcelona. De una primera colaboración puntual como fue la realización del vídeo de la Second Plus Europe en Bruselas, he pasado a prestar mis servicios como profesional para ellos de forma estable. Y, como el teletrabajo fue desde el principio nuestra única opción -hasta hace poco seguía viviendo en Sevilla-, cruzar el charco tan sólo suponía el inconveniente soslayable de la diferencia horaria. Nada que no se pueda solucionar con herramientas como Hootsuite.

He de confesar que, cuando comencé a estudiar mi máster en Estudios Europeos en la Universidad de Sevilla, tenía ciertas dudas acerca de si acabaría realmente trabajando en algo relacionado con el periodismo y las relaciones internacionales, como era mi propósito. Nada más lejos de mi realidad actual. Desde entonces, mis visitas al extranjero se han multiplicado: Bruselas (primero con el máster y luego con Plus Europe), Londres, el sur de Francia, y ahora México. Con todo un océano de por medio. Y no sólo eso: gracias a mi labor en la asociación pude incluso concertar, antes de cruzar el charco, varias reuniones entre responsables de Plus Europe y algunos de mis antiguos docentes y ponentes del máster.

Desde México estoy prestando también servicios como redactor y community manager para Bloonde, una empresa de diseño, desarrollo web y de aplicaciones con sede en Sevilla. Incluso sigo escribiendo para mi blog de exiliado jerezano Desde la Frontera, del periódico digital Más Jerez. Y puede que mi lista de actividades se incremente pronto, quizá antes de mi vuelta a Sevilla. Quién me iba a decir hace unos meses, cuando andaba buscando patrón, que no hay jefe de mayor rango que uno mismo, y que iba a trabajar más para España desde el extranjero que desde mi propio país.

Foto: Cabeza olmeca en el Museo de Antropología de México | Paula Velasco