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#Nomequiteselmicro

¿Imaginan un albañil sin palustre? ¿O un pintor sin brocha? Difícilmente podrían desempeñar su labor estos profesionales sin sus herramientas más elementales. Entonces, ¿por qué a los periodistas se nos priva constantemente de uno de nuestros útiles más necesarios?

Cada viernes viene teniendo lugar en España un evento en el que se anuncian algunos de los mayores recortes de derechos y retrocesos de nuestra historia: la rueda de prensa del Consejo de Ministros. Este encuentro semanal entre políticos y periodistas transcurre de la siguiente manera: los primeros exponen las decisiones que han tomado, y los segundos se limitan a recogerlas para después transmitírselas a la ciudadanía.

Algunos de estos últimos, a veces, tienen la suerte de preguntar por las causas o las consecuencias de estas medidas. Preguntar. Sólo preguntar. Lo que no significa que tengan el derecho a obtener una respuesta. Los elegidos aprovechan su limitado turno para intentar lanzar el mayor número de preguntas posible. El político en cuestión las escucha con atención, las anota, e incluso pide que le repitan alguna que no ha oído de forma adecuada. Pero, ¿y del otro lado?

Pues, en cuanto un periodista termina de lanzar su perorata, llega un responsable de prensa y le quita el micro. Con sólo este gesto, tan habitual en este tipo de ruedas de prensa masificadas, despojan al plumilla de uno de los recursos más preciados en la profesión: la posibilidad de repreguntar.

No es un gesto inocente. No se trata de dinamizar la interlocución con un auditorio plagado de reporteros. Es, en realidad, la mejor forma de que un responsable público responda lo que le dé la gana, independientemente del contenido de las preguntas.

Si a este odioso gesto se le suma el olvido de alguno de los asuntos cuestionados, la predilección de los políticos por unos periodistas y no otros, cuando no directamente el veto para acceder al micro, nos topamos con un cóctel perfecto de opacidad informativa.

Pero no en todas partes cuecen habas. Hace unos meses, el periodista irlandés Vincent Browne se enfrentaba a una bestia un tanto más grande que los protagonistas de nuestros consejos de ministros: Klaus Masuch, representante del Banco Central Europeo. Y como la bestia se andaba por las ramas, le espetó lo siguiente:

“Tenemos la tradición en el periodismo irlandés de perseguir los temas, y cuando una persona no contesta, insistimos en ello. Y espero que la tradición sea respetada en esta ocasión. Así que, ¿puedes responder a la pregunta?”

Los periodistas nos envalentonamos y se nos llena la boca con que #sinpreguntasnocobertura, defendemos que si es #gratisnotrabajo,  y advertimos de que “Sin periodistas no hay periodismo. Sin periodismo no hay democracia”. Pero luego aceptamos vídeos remitidos, trabajamos gratis si hay prestigio en juego, y dejamos que cada día cierren más medios.

¿Seremos capaces de defender #nomequiteselmicro?

Foto: Rusty Sheriff (CC BY-NC 2.0)

Tres reflexiones sobre periodismo desde detrás de la cámara

Una de las declaraciones más destacadas del vídeo que Paula Velasco y yo hicimos ayer para ilustrar la protesta de los periodistas sevillanos por un #periodigno es la del fotoperiodista Luis Serrano. Es, además, la pretendidamente más larga, porque creo que el colectivo de los periodistas gráficos es uno de los que más tiene que decir en esta crisis de crisis que vive el periodismo. “A vuestra situación, de todos nosotros [los periodistas], pues aún peor: sin papeles”, como él mismo recordó este sábado.

La democratización de la fotografía y el avance de la tecnología han supuesto que todos podamos llevar encima un aparato con el que tomar imágenes de manera bastante decente. Pero subir a los altares de la profesionalidad una foto hecha con un móvil es tan aberrante como considerar periodista a cualquiera que tenga un boli Bic y una Moleskine.

La crisis del periodismo es la crisis de los plumillas y de los foteros, pero sobre todo, es la crisis de unos editores y empresarios que eligieron la economía por encima de la calidad. Dudo de que haya vuelta atrás, pero por si acaso, el documental Reinventando el fotoperiodismo (2012), de Roger Lleixà, deja entrever las causas de la nefasta situación actual, y algunas claves no mal encaminadas a recuperar el prestigio perdido.

«La información corre muy rápido, y si a los medios para los que trabajamos nosotros les llega una fuente de información, que además es gratuita, y que en algunos casos, o en muchos de los casos, estaban en el momento de la noticia… ¡claro! […] No sé cómo les podemos decir que no lo utilicen».

Marc Martí (Diari de Girona)

«Tiene que haber una persona que es la que marca la frontera de lo que es publicable y lo que no es publicable. Si es publicable, aquí entramos en una segunda parte: se tiene que pagar igual, como si fuera un profesional. Porque a la utilidad de aquella fotografía tú le estás dando un uso profesional».

David Airob (La Vanguardia)

«¿Una empresa puede aceptar regalos? No lo sé. Siempre se había dicho que no. Pues ahora estamos aceptando muchos regalos que la gente considera que no son regalos. Porque yo considero que si un trabajo está hecho, hay que pagarlo. Si no, es un regalo».

Jordi Ribot (Click Art Photo)

Si los medios tuvieran que pagar por cada foto que publican de un ciudadano; por cada información que les remite un gabinete de prensa; por cada texto de un becario que no dudan en llevar a portada; o por cada estudio sesgado que realiza gratis una oenegé o una empresa, a lo mejor se empezaban a plantear que es mejor contratar a un profesional.