Consumo respeto
Desde anoche mi móvil se llama Froyo, de apellidos SamdroidMod-2.0.1-alpha8.5. Fue el pasado verano, mientras trabajaba en La Voz de Jerez, cuando fui consciente de que necesitaba un smartphone si me quería acabar dedicando a lo que actualmente me dedico. Lo tenía muy claro: nada de ataduras y nada de I(diot)phones. Así que pagué laicamente los 49€ que costaba mi Samsung Galaxy Spica i5700 di el salto al bono 8 de Yoigo.
A pesar de mi siempre utópica apuesta por el software y la creación libre, el balance volvió a ser negativo. Hasta ayer. El lastre del fabricante siempre pesa, y entiendo su punto de vista: fabricas un móvil, alegas obsolescencia del hardware y obligas al consumidor a comprarse uno nuevo. Pero al igual que en la industria cultural -la copia privada sin ánimo de lucro es legal, la copia privada sin ánimo de lucro es legal-, de nada sirve intentar clavar una aguja hipodérmica en una piel ya curtida por tantos palos. Hoy, gracias a la voluntad de un chico ruso y sus amigos puedo disfrutar de un aparato que no sólo soporta perfectamente el nuevo software, sino que saca lo mejor de mi móvil. Algo que Samsung ni quiso, ni quizás pudo hacer.
Uno de mis nuevos compañeros de piso me comentaba, cómplice, que a mí también me gusta “cacharrear”. En el trabajo, otro colega me preguntaba que por qué tenía ese hobbie de rescatar viejos ordenadores, mejorarlos y adaptarlos a un uso actual. Hace poco sostenía un enardecido debate acerca de por qué prefiero saber qué tengo entre manos antes de que me lo envuelvan en un paquete blanco. Supongo que los ordenadores son mi Gran Torino del ’72 en el siglo XXI: un objeto que cuidar y venerar en casa, porque sí. Con una cerveza en la mano y un trapo en la otra.












