Autocensura y acceso vectorial a la información
Llevo varios días sin despejarme cierta idea de la cabeza. Es bien cierto que conforme se van aproximando los exámenes este tipo de ideas suelen pulularme sin más por la almendra, pero me huele a mí que, lo que decida tras ordenar mis pensamientos, como ahora comienzo a hacer, será determinante para lo que quiero que sea mi futuro, profesional y personalmente.
El periodismo digital es fulminante. El acceso a la hemeroteca ahora se produce desde cualquier lugar, como es evidente, pero hay un rasgo más diferenciador, si cabe, que lo separa de las actuales hemerotecas: la búsqueda vectorial. Cualquier término ubicado entre comillas en el buscador apropiado puede devolver resultados únicos, y versiones previas de esa misma unicidad. De esta forma, cualquier cosa que haya pasado por los algoritmos de Google puede estar a la vista de cualquier persona con un mínimo de inquietud.
Si mato a alguien –no lo quiera su dios, con permiso de Manolo Saco–, me encarcelan y pago mi pena con la sociedad, podré rehacer mi vida, sí, pero si algún avispado consulta mi nombre en Internet tiene todas las papeletas para dar con mi pasado, un pasado que es mío y que debiera asumir. Sí, maté, pero ya cumplí mi pena y espero no volverlo a hacer. Sería una mancha que antes, con el pulcro acceso a las hemerotecas, y la búsqueda lineal, se podría elidir.
Este ejercicio de aproximación a la Ley de Godwin me sirve como excusa para interpolarlo al caso que estos días me viene asaltando: los reiterados casos de plagio que una compañera, estudiante de periodismo, ejerce sobre otro compañero mío, y que yo mismo me encargué de denunciar como la injusticia que sigo creyendo que es. Se trata del mayor atentado intelectual que se puede realizar. No se trata de copiar, se trata de desheredar una obra, desligarla de su autor y asumirla como propia. Sin embargo, ayer por la mañana, tras no meditarlo mucho, decidí ocultar las dos entradas donde denunciaba el caso. Con una irrazonable fe en el ser humano, que ni yo mismo me explico de dónde la saco, pensé que quizá la persona afectada pudiera cambiar, dejar de ejercer estas prácticas lesivas, e incluso sostener una vida desligada del ejercicio periodístico, tan requerido de honestidad en estos momentos. Poco a poco me van abriendo los ojos, aunque yo reniegue de ello. Si aún no se ha disculpado públicamente, si no se ha puesto en contacto con las personas afectadas, si sigue mintiendo, si lo ha hecho ahora, lo seguirá haciendo… Son muchas las voces que me llegan en contra de esta medida, e igual tienen razón. Tanta, que yo no soy quien para negársela.
Por otra parte, está la cuestión del entorno. Cuando alguien salta sobre la mierda, es probable que salpique a las personas de alrededor, y este caso no está exento de esta comparación. Las dos compañeras de la protagonista de este entuerto, según me consta, no estaban al tanto de esta afición por lo ajeno. Podría darse el caso de que se vieran perjudicadas por el simple hecho de no elegir a la compañera adecuada, y todavía están a tiempo de ponerle remedio.
Se le sucede, además, el agravante de la carencia tecnológica perenne de nuestra Facultad. No se concibe que en el año 2009, el servidor de la misma, donde está alojada la web principal, de la que dependen las reservas de espacios y los propios blogs, lleve tres días caído. Por este hecho, resulta imposible estar al tanto de la nueva actividad de un blog al que próximamente llegarán los correspondientes feedbacks que apuntan a éste, mi blog, pero que, por otra parte, no hacen sino denunciar entradas infectas, algo que los comentarios deliberadamente borrados no permitían.
Conforme van sucediéndose las palabras, la resolución de esta disyuntiva se me antoja aún lejana. No quiero, mi intención primera sería la de mantener la opción de ocultar las entradas. Pero es una opción cobarde, y podría dejar en evidencia a colegas como Pablo Buentes, Sara Domínguez y al propio afectado, Fernan López, en la defensa de tan lesiva actividad.
Supongo que hay que ser valiente, tirarse al río y afrontar lo que pudiera pasar. Por el momento, vuelvo a publicar las entradas, a la espera de una disculpa que puede que no llegue, y en la que baso a partir de este momento la decisión de volver a ocultarlas. Puede que decisiones como ésta sean las que determinen si seré un periodista de España Directo o un comprometido corresponsal de guerra.
“Diligencia profesional”, me dice Fernan.












