Ya es patológico: soy un aprensivo. Si en mis dos docenas de años de vida no había encontrado todavía defecto alguno en la contemplación del flujo sanguíneo, los últimos sucesos me invitan a pensar que ahora sí, y que puede que no me conozca ni a mí mismo.
“Ve olvidándote de irte a la guerra”, me decía una doctora, “y ve pensando en dedicarte a los cotilleos”. Por fortuna, soy el primero que se ríe de sí mismo, y no encuentro mal alguno en que los demás también lo hagan. Y tras la risa viene la reflexión (¿por qué me río?).
Me río porque he tenido que sacrificar mi formación académica por el bien de unas prácticas, y porque he tenido que topar con los exámenes para poner sobre el papel lo que ya elucubraba en mi cabeza. Y hablando de ésta última, río. Río, porque he necesitado de un buen testarazo para caer en la cuenta de que en mi orden de prioridades no estaba la salud. He aguardado a terminar unas prácticas, a empezar otras, y a cerrar todo un periodo de exámenes para caer en la cuenta. Y ha sido el sentimiento de culpa el que me lo ha recordado.
“¿Por qué has tardado tanto en venir?”, dijo el médico, de mi rodilla. “¿Fue hace cinco, o hace seis años cuando me hice mi último análisis de sangre?”, lanzaba yo también al aire, sin atisbo de adivinarlo. Doce fueron los días, dos por cada examen que tuve que afrontar por mor de no haber asistido a clase. Uno por mi cabeza, y otro rato no haber echado cuenta a tiempo a mi rodilla. Y una cuasi religiosa culpa se cierne sobre mí por no poder ser suficientemente periodista, y por no ser del todo Juan. “Puedes entrar en una espiral de dejar de publicar”, me dicen. Y no quiero.
“No me pienso coger prácticas ya hasta que no termine”, dicen algunos de mis compañeros. Y les envidio cuando les oigo decir que quizá no seguirán al día alguna asignatura porque requiere de demasiado tiempo. “¿Cuánto habré de dedicarle yo, si no quiero presentarme a examen?”, me cuestiono entonces. Quizá la de mis compañeros es la única forma de poder demostrar a posteriori la valía periodística de cada uno, a tiempo completo. Puede, pero en contra pesan los dos años que una mayoría de compañeros establece como mínimo para dar con algo que sea distinto de unas prácticas. Al menos, si son dos, prefiero que se solapen con la Universidad, y quién sabe… “¡Ah!, pero ¿esperas quedarte?”, me dice otra amiga.
Esta mañana he notado mis pómulos más marcados. No creo que aprensivo sea la palabra adecuada para definirme, máxime cuando con uno de mis dobles sentidos podría llegar a tener el significado de aperiodístico. Más bien soy empático. Sólo que a veces, como hoy, intento empatizar conmigo mismo.