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La hora de la despedida

La voz de Jose Manuel de la Linde suena, como cada mañana, mientras intento despegar mis pestañas, como fibras de velcro superpuestas sobre mis ojos. Ya sé cómo pinta el día, pero nada logrará hacerle frente a la agenda. Paula, quizá consciente de que es mi última jornada en la radio, se encarga del café y me cede el turno en la ducha. Y antes de entrar, me afeito.

“Tengo una imagen que ofrecer a la gente de El Correo“, bromeo cuando se percatan de ello en la redacción de Canal Sur Radio, y de mi corte de pelo. Valentín desaparece, y me deja solo frente a la escaleta. Dos de los temas llevan mi nombre, y ya estoy tardando en irme al Laredo. “Pregúntale al García por las setas de la Encarnación”, apunta Linde. “¡Gracias!”, me despido.

Llego con tiempo a una sala de prensa vacía, y me dirijo casi con nostalgia hacia las cabinas. Pero pronto aparece una compañera de RNE que evita la aparición de sentimientos azucarados. Y arranca una rueda de prensa más, con otra historia ya contada, aunque con la buena voluntad de siempre. Al otro lado, amigo, necesitamos carne.

Pregunto por la policía en la Alameda, y logro incomodar a mi interlocutor. Le cuestiono ahora acerca del apunte de Linde, y reacciona despidiéndose de sus acompañantes. “Pregúntale tú, que a este paso se va a creer que soy de El Mundo“, comento entre risas al chico de la COPE. Diez minutos después, nos queda bien claro que las culpas de lo otro no fueron de él, sino del mensajero. “¿Pongo cruce de declaraciones?”, pregunta el de la radio de los curas. “No sé, yo sólo soy becario”, respondo. “Pero de dónde eres, de la COPE, ¿no?”, y sonríe.

Faltan veinte minutos para la siguiente rueda: lo justo para un café y una media con jamón. Me da tiempo incluso a escribir la crónica de la anterior. ¿Cuál era el corte bueno? Recuerda lo que te dijo el Bola: el minidisc al dos, que si no entra sobrealimentado. Y llega el otro, como siempre, con el retraso propio de quien necesita arañar redactores rezagados. Mierda, se me va a hacer tarde, y lo más seguro es que me llamen para la crónica: efectivamente, suena el móvil, pero ya estoy en la cabina. “Te entro por la RDSI, ¿vale?”. “Estupendo”, se oye al otro lado.

No me llaman. Joder, no me llaman. Son y siete y no me llaman. Tengo las dos crónicas escritas, y el corte listo. Tacho esa línea porque no se entiende. “Juan, apaga el minidisc“. “¡Pero si no está encendido!”. Ay, madre. “Te estamos escuchando… ¡dale paso a Marisa, que el Ayuntamiento no está pinchado!”, oigo. “¿Qué estaré haciendo mal?”, pienso. Y entonces suena la RDSI.

“Teníamos pinchada la Casa Rosa, Juan. Por eso no te escuchábamos”. Bueno, no pasa nada. Como dijo Valentín, mientras de puertas para afuera no se oigan los problemas, todo marcha bien. Sacar los cortes y escribir mi texto. “Marisa, ¿cómo trenzamos esto?”, pregunto. “Llama a Nieves”. Diego no lo coge, pero en el Ayuntamiento sí responden: “No, esperaremos a ver las noticias y entonces ella verá si da respuesta”. Como quieras. A la mierda, paso a corte.

Son ya las menos veinte. En verdad… si no vamos a dar esto, saco otros cortes y dejo los de antes para la tarde. Suena mi teléfono: “¿Juan Blanco? Nieves quiere contestar”. ¡Gracias por atendernos! “¡Valentín, ya tienes el corte en preproducción! ¡Enseguida te lo escribo!”. (¡Mierda! El tráfico, ¿Marisa? ¿Nuria? Joder). “Toma, aquí está el pasito a Nieves. ¿Tienes el tráfico?”. Siéntate, me dice.

Llega la última noticia y me la pasa, como las otras, con una marca hecha a boli. Se ríe, y yo, nada más leerla, me parto. Perdónenme las señoras y los oyentes, pero preferí trabarme antes que descojonarme.

(Jamás me cansaré de decirlo: gracias)

19

01 2010

Ajuste de miras

Hoy, como siempre, pronuncié los buenos días al subirme al autobús, con la sorpresa de que mi inferencia obtuvo su respuesta de labios de un honesto chófer que logró hacerme sonreir. En cuanto me adentré en el bus encogí de nuevo los carrillos; pude ver a un hombre con cara de ser buena gente. Con un par de pasos más descubrí cómo una chica se abstraía entre las páginas de un libro de Tusquets.

Después imaginé cómo el universo de lo humano también se ordena, y supe que los buenos tienden también a asociarse por valencias. Y, como siempre, me aventuré a ir más allá, hasta la ordenación perfecta, hacia donde de solo pensarlo se relajan los mofletes.

13

08 2009