Por el camino que estoy llevando a cabo con mis últimas publicaciones en éste, mi muro de las lamentaciones, creo que estoy produciendo en mi audiencia dos efectos bien enfrentados: o bien, por un lado, ayudo a quien me lee a reafirmarse en la empatía depresiva de una visión compartida del mundo, o espanto a los lectores potenciales. En el mejor de los casos, no es que ayude mucho la idea de entronizar a la depresión como pauta a seguir para salir de un eventual bache.
Sucede que, cuando estamos tristes, escuchamos canciones tristes. Tiene una explicación bastante simple en el consuelo de los necios, pero como es de sabios reconocer la propia ignorancia, a lo que voy: hoy escribo una partitura prosaica, carente de armonía, como lo es la desesperanza, el desengaño. Como aquel que dice: «¿Quieres huevos? Pues toma una docena».
Y ayer, por fin, como si de una penitencia se tratara, terminé de ver Los Soprano. Como bien se apresuró a apuntar Paula, fueron más de seis las horas seguidas delante de la pantalla, siguiendo las aventuras y desventuras de un grupo de mala gente haciendo daño a más mala gente. Al fin y al cabo, ¿qué es la sociedad, si no? Animales. Somos animales.
Una pequeña reflexión -y con ello no destaco nada esencial del argumento, no temáis- me vino de otra, en este caso, ficticia. Se trataba de una cuestión elemental que se le plantea a la Doctora Melfi, uno de los personajes de esta magnífica serie. De esta forma, se vino a decir que la actitud de apoyo hacia quien creemos desamparado, desconsolado o, por qué no verlo así, desesperanzado, no es demasiado distinta de la actitud que se tiene para con los animales o los bebés, quienes no sólo no tienen culpa de nada de lo que les pueda ocurrir, sino que carecen de conciencia. En mi nube de ensueños, consideraba a esta suerte de especies -los animales y los cachorros humanos- como repelentes hacia mí. No es que no me atraiga la idea de estar al cargo de un gato o de un hijo propios, no. Se trata más bien de una cuestión de delegación de las responsabilidades ajenas. Tu gato, tu bebé.
Desde aquí abajo, sólo me queda esperar que los indefensos no hagan sufrir demasiado a quienes estén al cargo. Pero qué coño. Son bebés, son gatos.