Tu huella en el mundo
El ejercicio de la escritura por placer puede tener dos metas netamente funcionales: la búsqueda del lirismo y la belleza, o la ordenación y confirmación de ideas y sentimientos. Pocas herramientas existen que reporten tantas satisfacciones sobre ningún perjuicio. Sólo la lectura le hace sombra.
Y es que cambian los tiempos, y es bien cierto que la lectura profunda está en horas bajas. Poca gente lee; sucede que incluso gente que leía de forma bastante activa durante la adolescencia, por diversos motivos, ha ido reduciendo el hábito hasta dejarlo. Justo cuando comenzaba a tocar fondo, tomé impulso y retomé a la superficie. ¿Mis últimas lecturas? Baroja, Hemingway, Freud y Nietzsche.
Sucede también que siempre me ha gustado escribir. Jamás he llegado a conformar tan siquiera la extensión de un relato corto, se conoce que mi imaginación murió en cierto modo con las ganas de dibujar. De nuevo Paula -y siempre Paula- me apuntó que existe un punto en la etapa de aprendizaje del niño en el cual éste deja de dibujar, abandonando esta práctica por completo, o se confirma en ella. Dejé de dibujar, sí, y ni por asomo se me ocurriría volver a coger la caja de alpinos. Sin embargo, siento vivir una nueva adolescencia en el ámbito literario, y el ejercicio práctico de la escritura no se desvirtua por un afán de rutina. Voy en el autobús, y se me ocurren temas sobre los que tirar y tirar hasta acotar un fragmento de mi que plasmar en este folio, éste, que no precisa de árbol que talar (¿Alguien sabe dónde comprar papel reciclado? Hace años que no veo un folio gris…)
A menudo, me vienen estas ideas a la cabeza. A ello se le suma la sensación de sentirse leído, de no recibir invitación alguna a desfallecer. No es lo mismo, no, escribir cuatro cosas y guardarlas en esa carpeta morada, de tacto grueso y cordeles vencidos. La cuestión de la ausencia de medio hace que mucho de esos textos mueran antes de nacer y vayan a parar al limbo de los analfabetos para que, algún día, los pobres tengan algo que leer. Intentar retomar una idea defenestrada por no encontrarme frente al ordenador es como dormir con el hermoso cadaver de una amada que, aunque muy amada, ya huele. «La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando», como decía Picasso.
Somos muchos, hermoso cadáver.
Marco A. Blanco: Antología (edición de Juan Blanco)
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