No hay dinero mejor invertido que el destinado a viajar. A pesar de la precariedad que padecemos los jóvenes españoles, seguimos siendo unos privilegiados si nos comparamos con los de otras latitudes, que no tienen ni de lejos la oportunidad de cambiar de ubicación con la facilidad que tenemos nosotros. Y eso hay que aprovecharlo.

Cuando viajo, intento despojarme al máximo de mi condición irrenunciable de turista para intentar ejercer de viajero. Las diferencias son notables. Pero a veces es difícil lograr la inmersión necesaria para tratar de pasar desapercibido y disfrutar como un nativo de las maravillas que te ofrece tu destino. Otras, sobre todo cuando no puedes evitar que se te abra la boca del asombro, es directamente absurdo intentarlo.

El pasado fin de semana viajamos a Xochimilco, una de las 16 delegaciones del Distrito Federal mexicano famosa por las trajineras o barcazas que surcan sus bellos canales. De por sí, este lugar arrastra a numerosos nacionales a pasar el día en familia navegando por sus aguas entre micheladas y elotes. No obstante, la presencia de extranjeros no suele ser tan notable aquí como en otros atractivos del entorno de la capital, como puede ser Teotihuacán: un lugar tan exageradamente llamativo en el que no te queda más remedio que asumir tu condición de turista y disfrutarlo como si de un parque temático se tratara. Pero no por el hecho de aceptarnos a nosotros mismos como turistas hemos de quedarnos sólo en la cáscara.

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En Xochimilco nos intentaron colar primero una trajinera para dos por 400 pesos la hora (al cambio, unos 23 euros). Con la excusa de ver el Museo de Dolores Olmedo -que por falta de tiempo no visitamos-, nos fuimos y pudimos comparar precios con otro embarcadero, que nos rebajó la tarifa a 350 pesos. El siguiente nos lo dejaba ya en 250 y, cuando estuvimos a punto de irnos, a 200 (unos más razonables 11 euros). Pero no era el dinero lo que nos limitaba a la hora de decidirnos, sino el inconveniente de tener que realizar el trayecto solos, sin la compañía de otros turistas. Sí, turistas; pero que al menos fueran locales.

Fue a través de Foursquare como dimos con el embarcadero Nuevo Nativitas, un verdadero paseo acuático que nos amplió el abanico de opciones hasta ofrecernos las conocidas como trajineras colectivas. Por un módico precio de 20 pesos (1,20 euros aproximados) nos trasladó en un mágico trayecto de media hora junto a gente sencilla que, como nosotros, no podía o no quería asumir el coste de tener una embarcación propia. Fue, sin duda, una gran elección.

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Nuestra trajinera colectiva nos dejó en el embarcadero Salitre, un trayecto corto con dos acertadas paradas que nos situó en uno de los mejores atractivos para el viajero: un mercado local. El mercado de Xochimilco es uno de los más vivos y coloridos de los que he tenido la oportunidad de conocer hasta ahora, con sus fondas de comida corrida en las que por sólo 45 pesos (2,60 euros) te puedes poner hasta las cejas de la mejor comida casera. Un consejo: cuanta más gente haya en el sitio, mejor suele ser este.

La de Xochimilco fue una visita obligada que tendremos que repetir: en un sólo día no se puede disfrutar de las trajineras, visitar el museo local y, lo más importante, acceder a la famosa Isla de las Muñecas. En nuestro breve trayecto sólo vimos una réplica de muestra que nos dejó con ganas de más, así que para nuestra próxima visita intentaremos reunir a unos cuantos amigos defeños e ir en una trajinera -esta vez sí- privada. La parte buena es que el transporte público conecta muy bien la delegación con el Centro de la Ciudad de México, y una simple combinación de metro y tren ligero nos deja en una hora en el lugar.

Negar nuestra diferencia es ser ajenos a la realidad, máxime cuando, en este caso, hay todo un océano y varias culturas milenarias de por medio. Por eso es importante disfrutar de las ocasiones en las que, a pesar de la evidencia, la población local nos hace partícipes de su idiosincrasia y nos considera como uno más. Y el ojo curioso del viajero puede llevarnos de un acto tan cotidiano como salir a comprar tortillas a acabar siendo partícipes de una liturgia tan sincrética como son las Fiestas de Ascenso de la Imagen Venerable del Cristo Negro. Eso fue lo que nos pasó el domingo.

Mientras observábamos los bailes entre la multitud, uno de los miembros de la congregación nos contó que conmemoraban los 303 años de la Consagración del Templo Eparquía Greco-Melquita Católica Iglesia Porta Coeli, el Santuario Nacional del Señor del Veneno. Según este, los feligreses llevaban desde las 22 horas del día anterior tomando parte de las fiestas, algo que se nota en las caras de cansancio de estos ya en el interior de la iglesia. En principio, entramos como turistas curiosos para admirar el templo. Al minuto, los numerosos fieles hicieron su entrada con reiterados cánticos acompañados del sonido de sus instrumentos de cuerda, las caracolas y el copal, una resina que, quemada, resulta muy similar al incienso. Quedamos atrapados en el humo.

Al rato sosteníamos flores y estampitas del Cristo Negro como el resto de feligreses, con la sensación de estar viviendo una experiencia que no suele entrar en los packs turísticos. Y pensaba en todas las veces que, por puro agnosticismo, había evitado disfrutar de vivencias como esta en la Semana Santa de Sevilla o Jerez sin saber que el viajero también puede serlo en su propia tierra. Mea culpa, asignatura pendiente.

Ya en casa, pude conocer la leyenda del Señor del Veneno, una entretenida historia cargada de moralina religiosa. Pero anoche, 28 de octubre, como si de una venganza por haber invadido terreno sacro se tratara, los seguidores de San Judas Tadeo decidieron no dejarnos dormir con sus cohetes, campanadas y cánticos. Prometo devolverles el agravio con más blasfemia el próximo Día de Muertos. ¿Lo he dicho ya? Me encanta México.